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Archive for 11 noviembre 2008

Dejo 100% Algodón por un tiempo indefinido. Me siento agobiado entre tantos proyectos inacabados y por acabar, además el peso de la Universidad carga una parte importante de mi hombro.

Adiós.

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Nueva editorial, esta vez para felicitar al pueblo estadounidense. La semana pasada ya mencionábamos, junto a otros tantos periódicos, la excesiva estatura que ostentaba el candidato marrón, ya presidente estadounidense. En Kentucky, un valiente grupo de crédulos -expertos en creerse mensajes basura, nosotros simplemente simplificamos y lo convertimos en el Gran Representante del Pueblo Estadounidense- lanzó muchas pociones mágicas a Obama. Encogió de repente y dejó de convertirse en ese candidato extravagante que escupía votos asesinos y no paraba de crecer. De repente, se subió a un estrado para pronunciar el Discurso Típico #640, como si nada hubiera pasado.

La conciencia de todos los norteamericanos fue interesada e hizo olvidar para siempre aquel largo momento de extravagancia del susodicho candidato. Y tan buenos ellos como desmemoriados, votaron a Barack, que ganó al final. ¿Los 101 ciudadanos de su propia tierra que asesinó al final? ¿Y los 504 metros que llegó a medir? ¡Agua pasada! Nadie diría que un ex-gigante va a gobernar ahora mismo la Casa Blanca. Felicidades, Barack Hussein Obama.

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Cada domingo, Enrique, La Castaña Elegida, alabará gratuitamente a personajes históricos de segunda juntando palabras de aparente calidad y rezumando supina ignorancia.

Este simpático ser, totalmente de plástico y sin emoción, adornó mis tardes de querubín inocente. Aprendía de las películas bélicas de dibujos que me ponían por delante unos padres sin muchas ganas de educarme en latín, griego y ruso clásico. Con sus amigos, soldados de toda clase -francotiradores, fusileros, zapadores, etc…-, luchaban en armonía. Sobretodo cuando los metía sin ton ni son en un cubo de plástico y me acercaba a mi vecino chino para vertir sobre su cabeza todo el contenido de dicho cubo. Por un momento, sólo veía el verde y productos de su madre patria.

Yo me reía. ¡Eran momentos de diversión suprema! A continuación, dicho vecino desplegaba a mis soldados por el suelo empleando la disciplinada formación del Ejército Rojo, todos en línea dispuestos a atacar a alguien inexistente para goce del pueblo, igualmente ausente. En lo que jamás reparé, quizás por mi condición de tierno niño, era en el individualismo de cada soldado. ¿Ese zapador genérico podía echar de menos a su esposa e hijos, situados en un barrio pobre de Pekín y con una larga historia por detrás? Actualmente, reflexiono sobre ello y me marcho del lugar sin sentir pena.

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